Colaboración con Mongabay
“Los indígenas andan desnudos”, le dijo una encuestadora del censo de 2025 a Hipólito Yovera, cuando en respuesta a la pregunta diez en la que se recogía información sobre su identidad, él se autoidentificó como parte del pueblo indígena tallán, en la comunidad San Juan Bautista de Catacaos, en Piura, Perú. “Nosotros venimos de una cultura, pero a veces las instituciones desconocen quiénes somos”, explica el exdirigente de la Central de Rondas Campesinas.
En febrero de 2026, esa misma comunidad celebró el anuncio sobre su incorporación a la Base de Datos Oficial de Pueblos Indígenas del Ministerio de Cultura como pueblo indígena costero, un reconocimiento que llega después de años de gestiones y aún con una disputa judicial por casi 10 000 hectáreas de territorio comunal.
Ese reconocimiento no solo incluye a la comunidad campesina San Juan Bautista de Catacaos sino también a otras ocho comunidades vecinas: San Martín de Sechura, San Lucas de Colán, José Ignacio Távara Pasapera, Apóstol Juan Bautista de Locuto, Señor Cautivo de Progreso Alto, Señor de los Milagros, Castilla y Chonta. Otras tres comunidades no lograron la inclusión en el registro.
La Base de Datos Oficial de Pueblos Indígenas u Originarios es un sistema de registro creado por el Estado peruano para identificar a los pueblos indígenas del país y garantizar la aplicación de derechos colectivos, como la consulta previa. En el departamento de Piura ya figuraban cinco comunidades de origen quechua. Pero hasta 2026 no se había reconocido a ninguna comunidad heredera de otras culturas, como los pueblos Tallán, Sechura y Colán.
“Los tallanes eran pueblos que habitaban la costa norte antes de la llegada de los españoles y estaban organizados en cacicazgos”, explica Pável Labán, abogado del Instituto de Defensa Legal (IDL), organización que acompañó a las comunidades durante el proceso de identificación e inclusión en la base de datos. El documento que recopila registros históricos evidencia la presencia de lideresas conocidas como capullanas, mujeres que ejercían autoridad en estos territorios. “Eso es algo también muy interesante porque cambiaría totalmente la perspectiva de la historia y cómo nos ha sido contada”, añade el abogado y autor del texto.
Para lograr este reconocimiento, las comunidades tuvieron que demostrar una serie de criterios establecidos por la normativa peruana. Entre ellos, la continuidad histórica desde antes de la conquista, la conexión territorial con los lugares que habitaron sus ancestros, la existencia de instituciones propias y la autoidentificación como pueblo indígena.
En ese marco, especialistas del Ministerio de Cultura realizaron trabajo de campo en doce comunidades de Piura entre marzo y abril de 2025 para recoger información histórica, antropológica y social. El proceso de identificación e inclusión a la base de datos tomó alrededor de dos años. “Ha sido una lucha para nosotros llegar a la base de datos”, dice Yovera. “Hemos tocado bastantes puertas para que nos den el reconocimiento”, agrega.
Aunque la inclusión en la base de datos de pueblos indígenas u originarios de Perú ya es un logro, el Ministerio de Cultura incorporó a ocho de las nueves comunidades bajo la categoría “presenta atributos de Pueblo Indígena u Originario”, sin detallar el pueblo al que pertenecen. La única afiliada al pueblo indígena quechua fue la comunidad de Chonta.
De acuerdo con el informe elaborado por la entidad estatal esto se debe a que “no han podido ser identificadas como pertenecientes a un pueblo indígena u originario que haya sido identificado previamente”. El Ministerio señaló a Mongabay Latam que en el caso de las comunidades que no pertenecen a ninguno de los 55 pueblos indígenas u originarios identificados a la fecha, iniciarán “las acciones para su determinación a través de estudios específicos”.
Una historia de tradiciones finalmente reconocidas
Cuando Javier Girón piensa en su territorio dice que es difícil explicarlo en pocas palabras. “Es tan amplio, tan grande, que le faltará tiempo para visitar todos los anexos”, comenta el comunero de la comunidad campesina San Juan Bautista de Catacaos, mientras describe los kilómetros de tierras que se extienden a lo largo de la carretera Piura–Chiclayo y los distintos caseríos que forman parte de la comunidad.
Para Girón, ese territorio también es el lugar donde sobreviven prácticas y saberes ancestrales. “Soy descendiente de la cultura tallán. Mi madre era tejedora de sombreros de paja toquilla, también preparaba chicha», resalta. Además, dice, «en lugares como Simbilá todavía hay alfareros”.
A esas prácticas se suman espacios que los comuneros consideran parte de su historia, como el sitio arqueológico de Narihualá, donde según los relatos locales se levantaba uno de los templos más antiguos de la región y desde donde el dios Huallac vigilaba sus territorios.
En Catacaos y otras comunidades del Bajo Piura, la identidad tallán sigue presente en la vida cotidiana. “Nuestras mamás preparan la [chicha de] jora y tenemos también nuestras fiestas tradicionales, como los carnavales y fiestas patronales”, cuenta Diana Culupú Inga, comunera de la zona.
La relación con la tierra también forma parte central de esa identidad. Muchas familias viven de la agricultura y la ganadería en sus chacras, donde cultivan maíz, limón, frijoles, yuca, mango y tamarindo, entre otros productos que caracterizan a los valles del norte de Perú. “Nuestro medio de vida es nuestro territorio porque nos deja sembrar, cosechar y producir”, señala Culupú. Parte de esa producción se destina al consumo familiar y otra se vende en los mercados locales.
Diversos estudios históricos, recogidos por el informe del Ministerio de Cultura, señalan que los tallanes habitaron gran parte de la costa norte del actual departamento de Piura y los valles cercanos desde tiempos preincaicos. Este pueblo desarrolló actividades como la agricultura, la pesca, la ganadería, la artesanía y el comercio.
“La pesca es una práctica económica heredada desde sus antepasados, principalmente para las comunidades de San Martín de Sechura y San Lucas de Colán, que tienen salida al mar. Se dice que las primeras balsas del país, que luego se han expandido como una herramienta de navegación en todo el litoral peruano, vienen de los Sechuras”, recoge el documento oficial al que Mongabay Latam tuvo acceso.
Además, sitios como Narihualá fueron centros ceremoniales y políticos importantes, y la memoria local también recuerda el liderazgo de las llamadas capullanas, mujeres que ejercían autoridad en sus territorios.
Durante décadas, sin embargo, estas prácticas y memorias no habían sido reconocidas oficialmente como parte de un pueblo indígena. El reciente ingreso de Catacaos y las otras ocho comunidades de Piura a la Base de Datos de Pueblos Indígenas del Ministerio de Cultura marca, para muchos comuneros, un reconocimiento formal de una identidad que nunca dejó de existir.
“Me siento como debería sentirse todo comunero y, sobre todo, un descendiente: alegre. Alegre porque le devolvieron el título que tenía ancestralmente como Comunidad Campesina e Indígena San Juan Bautista de Catacaos”, resalta Girón.





